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Turismo de observación. Un modo de viajar más natural.

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Muchas veces pensamos en las vacaciones como unos días para visitar un país extranjero y patear sus puntos turísticos más conocidos o, en cambio, irnos a una playa paradisíaca y relajarnos bajo el sol mientras escuchamos las olas del mar. Ambas opciones son geniales y sirven para desconectar de la rutina diaria.

Pero hoy os queremos hablar de una tercera vía que a lo mejor no conocéis o no habéis practicado aún y que os puede resultar de gran interés: el turismo de observación de la naturaleza. Si no sabéis lo que es y os interesa descubrir un modo diferente de alejaros del estrés laboral, seguid leyendo, porque os vamos a explicar en qué consiste y dónde lo podéis practicar de la mejor manera.

El turismo de observación aún no está tan extendido en nuestro país, o no tanto como se podría creer si nos detenemos a pensar la cantidad de opciones y posibilidades que se nos abren en todas las provincias, de norte a sur y de este a oeste. En otros países sí que se practica, con distintos estilos y tendencias, por lo que tenemos buenos ejemplos de los que tomar ideas.

Pero, si os estáis preguntando en qué consiste esto exactamente, es algo tan fácil de explicar que sus propias palabras lo describen transparentemente: se trata de elegir un destino, normalmente natural, y centrarse en la observación de su entorno.

Puede parecer algo tan obvio y simple que, a priori, no llame la atención. De hecho, a muchas personas que no conocían la existencia del turismo de observación como modo vacacional les extraña y preguntan: ¿qué tiene de distinto del turismo natural tradicional?

Bueno, puede parecer que es idéntico a ese tipo de viajes que se realizaban –y se realizan– en familia y que consisten en visitar y recorrer parajes naturales, sobre todo para alejarse de la velocidad y el ajetreo de las grandes ciudades.

Pero el turismo de observación tiene una base, o un objetivo, más científico. Cuando hablamos de esta observación no queremos decir solo pararnos cinco minutos para contemplar el cielo despejado y respirar aire puro. Buscamos conocer más del entorno que se visita y profundizar en las características propias e identificativas desde un punto de vista biológico, geológico y, en general, científico.

Entonces, ¿hace falta ser un experto o un profesional del sector para practicar este tipo de turismo? Ni mucho menos. El turismo de observación está abierto y disponible para todos aquellos que quieran participar de él. Es tan fácil como tener ganas de practicar un tipo de slow travel (o viajes sin prisa, como los que hablamos recientemente) y la curiosidad suficiente como para conocer y entender mejor el tipo de flora y fauna que habita en el destino elegido. El resto, solo dependerá de si tenemos más ganas de aprender, de si contamos con acompañantes con más o menos conocimientos. De lo que estamos seguros es de que es una experiencia que engancha, porque, aunque no requiera del ritmo más dinámico al que podamos estar acostumbrados, sí que conlleva una actividad mental relajante a la vez que didáctica.

¿Dónde se puede practicar el turismo de observación?

Como decíamos al principio de este texto, el turismo de observación es algo que se puede practicar en muchos lugares de los que tenemos a mano en todas las partes de España. Tan solo hay que proponérselo y decidirse, con un montón de opciones que pueden pasar principalmente por los parques naturales que llenan nuestras provincias o a través de cualquier ruta de senderismo de las que ya os hemos hablado también en estas páginas anteriormente.

Al final, todo depende del tipo de turismo de observación que se quiera practicar. En los países anglosajones es muy clásico el birdwatching, que podemos traducir como observación de aves. Para practicarlo aquí, podemos dirigirnos a algunos puntos de la península realmente interesantes:

– Parque Nacional de Monfragüe, en Cáceres, que es hábitat de la cigüeña negra, el buitre leonado y el águila culebrera.

– Laguna de Gallocanta, entre Zaragoza y Teruel, donde se pueden observar distintas especies, pero sobre todo la grulla común.

– Parque Natural del Lago Sanabria, en Zamora, con numerosas aves rapaces como el águila real y el halcón peregrino, y otras más pequeñas como el arrendajo, el petirrojo o la abubilla.

Pero, si no son aves lo que se quiere observar, las opciones también son múltiples, y aquí os dejamos otras sugerencias:

– Parque Nacional de los Picos de Europa, entre Asturias, Cantabria y Castilla y León, que es uno de los más visitados y reconocidos de toda la península y que permite la observación de parajes maravillosos, repletos del verde natural de la zona y de escenarios rocosos y agresivos, y también con una fauna riquísima, con osos pardos, ciervos, nutrias (y también esas aves rapaces como quebrantahuesos y buitres leonados).

– Selva de Irati, en Navarra, a la que mucha gente define como un escenario de cuento de hadas y donde, entre lo mucho que puede ofrecer a los observadores de la naturaleza, se pueden destacar su numerosa flora, que hace que sea un destino perfecto en cualquier estación del año.

Teniendo ya estas sugerencias de destinos para practicar turismo de observación, que pueden servir perfectamente de iniciación a los interesados, y con solo unas pocas ganas, un buen calzado y unos prismáticos o cámaras de foto, ya solo os queda planificar el próximo fin de semana y practicar una actividad que, además de enriquecedora culturalmente, también resulta saludable y, sobre todo, es respetuosa con el medio ambiente.

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