El placer de una mañana en el mercado

  • Gastronomía
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Una de las mejores formas de conocer una ciudad es visitar alguno de sus mercados. Como turista, como vecino de barrio, como habitante que se acaba de mudar… me encanta explorar, tanto las diferencias como las coincidencias, y disfrutar del ambiente que transmiten en el que, muchas veces, parece que se ha detenido el tiempo.

Hay mercados solemnes en arquitectura y contenido, repletos de exotismo, delicatessen y artículos gourmet, otros humildes en los que apenas quedan cuatro o cinco puestos pero en los que siempre se encuentran alimentos frescos y de temporada a buen precio. Mercados con cafetería, con bar de tapas, reformados, antiguos, céntricos, escondidos, ordenados por mercancía o clasificados en el caos.

Todos me gustan, desde que era una niña y mientras mi madre hacía la compra me perdía por los pasillos del mercado de mi barrio a descubrir olores, colores, ruidos o incluso sabores cuando algún tendero me daba a probar alguna galleta, un trozo de queso o un aceituna aliñada.

Mercado verduras

 

Productos con calidad y origen

Mercado fruta

Cuando te detienes a observar te das cuenta que no hay dos mercados iguales, aunque todos consiguen transmitirme, incluso en el extranjero, la agradable sensación de estar como en casa. Por eso, y por la calidad de sus productos, al menos una mañana a la semana la reservo para visitar con tranquilidad el mercado central de mi ciudad y hacer la compra más saludable y fresca.

Me gusta sobre todo aprovechar para comprar hortalizas, frutas y verduras de la zona o alrededores. Algunas paradas anuncian en los carteles la procedencia, otras veces hay que preguntar al vendedor, pero en ambos casos es una buena forma de asegurarse sabor y nutrientes en el plato y de conocer un poco más la agricultura de la región.

Un ambiente que no sabe de prisas

Mercado de la Boquería

Con mi carro y mi lista de cosas que no puedo olvidar recorro la instalación con calma, mirando los rótulos, escuchando las ofertas (que a veces se cantan a voces) y comparando qué vendedor tiene hoy los mejores tomates o si me interesa más el tres por dos de melones o de sandías.

Prefiero no tener que hacer excesiva cola, pero sí me gusta encontrar al menos tres o cuatro personas para poder hacer la pregunta de toda la vida ¿Quién es el último? y que mientras espero mi turno surjan pequeñas conversaciones, salpicadas de guasa la mayor parte de las veces, que al final consiguen que vuelva a casa siempre con algo que contar y una sonrisa.

Eso difícilmente me pasa cuando voy al super, entre estanterías, cámaras frigoríficas o productos envasados. Lo mejor del mercado es que es de los pocos comercios que conserva la alegría y el contacto con la gente. Debe ser por eso que yo, curiosa empedernida de todo lo que me rodea (incluidas las personas) me lo paso tan bien en la mañana que le dedico. Además mi bolsillo, mi nevera, mi paladar y mi estómago ¡Cómo lo agradecen!

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